ENCUENTRO EUROPEO DE ANTIGUOS ALUMNOS EN ROMA 

(Miércoles 14 al Viernes 16 de Septiembre)

ALOCUCIÓN DE SS. EL PAPA FRANCISCO A LOS 
MIEMBROS DE LA CONFEDERACIÓN EUROPEA Y DE LA UNIÓN MUNDIAL DE ANTIGUOS ALUMNOS Y ALUMNAS DE JESUITAS

Sala del Consistorio. Sábado, 17 de septiembre de 2016


Queridos hermanas y hermanos, miembros de la Confederación y de la Unión Mundial de Antiguos Alumnos y Alumnas Jesuitas:

Me llena de satisfacción recibirles hoy dentro del programa de su conferencia sobre migraciones y la actual crisis de refugiados. Es la mayor crisis humanitaria desde la Segunda Guerra Mundial. Egresados de colegios jesuitas, han venido a Roma como “hombres y mujeres para los demás”, para explorar en esta ocasión las raíces de las migraciones forzadas, para contemplar su responsabilidad como respuesta a la situación actual y para ser enviados como promotores de cambio en sus comunidades respectivas.

Trágicamente, hoy por hoy, más de sesenta y cinco millones de personas en todo el mundo están desplazados forzosamente. Estas cifras sin precedente superan lo imaginable. ¡Las personas desplazadas en el mundo actual superan la actual cifra de población de Italia! Si vamos más allá de las estadísticas, en cambio, descubriremos que los refugiados son hombres y mujeres, niños y niñas en nada distintos a nuestros parientes y amigos. Cada cual tiene un nombre, un rostro y una historia, así como el derecho inalienable a vivir en paz y a aspirar a un futuro mejor para sus hijos e hijas.

Han dedicado su asociación mundial a la memoria y ejemplo del Padre Pedro Arrupe, quien fundó también el Servicio Jesuita a Refugiados, la organización que les ha acompañado esta semana pasada en Roma. Hace más de treinta y cinco años, el Padre Arrupe se vio movido a actuar como respuesta a la difícil situación de los vietnamitas del sur a bordo de barcas expuestas a ataques piratas y a las tormentas en el Mar de la China Meridional, mientras trataban desesperadamente de escapar a la violencia en su propia tierra. Tristemente, hoy el mundo se encuentra envuelto en un sinnúmero de conflictos. La terrible guerra en Siria, así como las guerras civiles en Sudán del Sur y otros lugares por todo el mundo, puede parecer irresoluble. Por eso precisamente es tan importante un encuentro para “contemplar y actuar” en el asunto de los refugiados.

Hoy más que nunca, a media que la guerra hace estragos por toda la creación de Dios, que mueren cifras récord de refugiados cuando tratan de cruzar el mar Mediterráneo -convertido en un cementerio- y los refugiados pasan año tras año languideciendo en campos, la Iglesia necesita que se llenen del coraje y ejemplo del Padre Arrupe. A través de su educación jesuita, se les ha invitado a convertirse en “compañeros de Jesús” y, con San Ignacio de Loyola como guía, han sido enviados al mundo como mujeres y hombres para los demás. En este lugar y tiempo en la historia, hay mucha necesidad de hombres y mujeres que oigan el clamor del pobre y respondan con misericordia y generosidad.

En la clausura de las Jornadas Mundiales de la Juventud en Cracovia, hace unas semanas, dije a los jóvenes que se habían congregado en aquel lugar que fueran valientes. Como egresados de colegios jesuitas, también tienen que saber ser valientes a la hora de responder a las necesidades de los refugiados en el mundo actual. Les ayudará hacer memoria de sus raíces ignacianas cuando afronten los problemas experimentados por los refugiados. Deben ofrecer al Señor “toda su libertad, su memoria, su entendimiento y toda su voluntad” a medida que comprenden las causas de las migraciones forzadas y sirven a los refugiados en sus países respectivos.

A lo largo de este Año de la Misericordia, la Puerta Santa de la Basílica de San Pedro ha permanecido abierta como recuerdo de que la misericordia de Dios se ofrece a todos los que tienen necesidad, ahora y siempre. Millones de fieles han peregrinado a la Puerta Santa aquí y en iglesias a lo largo y ancho del mundo, haciendo memoria de que la misericordia de Dios dura por siempre y alcanza a todos. También con su ayuda, la Iglesia será capaz de responder más plenamente a la tragedia humana de los refugiados mediante obras de misericordia que promueven su integración en el contexto europeo y más allá. También les animo a acoger refugiados en sus casas y comunidades, de modo que su primera experiencia de Europa no sea la experiencia traumática de pasar frío durmiendo en las calles, sino una experiencia de cálida bienvenida. Recuerden que la auténtica hospitalidad es un profundo valor evangélico que nutre el amor y es nuestro mayor seguro frente a los odiosos actos de terrorismo.

Les urjo a sacar partido de las alegrías y éxitos que les ha deparado su educación jesuita apoyando la educación de los refugiados a lo largo y ancho del mundo. Una verdad incómoda es que menos de la mitad de niños refugiados tiene acceso a la educación primaria. Desgraciadamente, esa cifra cae hasta el veinte por ciento cuando se trata de adolescentes inscritos en institutos de educación secundaria y menos de un uno por ciento, quienes tienen acceso a la educación universitaria. Juntamente con el Servicio Jesuita a Refugiados, pongan en marcha su misericordia y ayuden a transformar esta realidad educativa. Haciendo eso, construirán una Europa más fuerte y un futuro más despejado para los refugiados.

A veces podemos sentir que estamos solos cuando intentamos poner en marcha la misericordia. Sepan, sin embargo, que unen su esfuerzo al de muchas organizaciones eclesiales empeñadas en causas humanitarias y que se dedican a excluidos y marginados. Más importante todavía, recuerden que el amor de Dios les acompaña en este trabajo. Son los ojos de Dios, su boca, manos y corazón en este mundo.

Les doy las gracias por atreverse con los difíciles asuntos relacionados con la acogida a refugiados. La educación jesuita les ha abierto muchas puertas, mientras que los refugiados encuentran que se les cierran muchas puertas. Han aprendido mucho de los refugiados con los que se han encontrado. Cuando se vayan de Roma y regresen a casa, les urjo a que ayuden a transformar sus comunidades en lugares de acogida donde todos los hijos de Dios tengan la oportunidad, no solo de sobrevivir, sino también de crecer, florecer y dar fruto.

Y cuando perseveren en este empeño lleno de fe, de dar acogida y educación a los refugiados, piensen en la Sagrada Familia -María, José y el Niño Jesús- en su largo viaje a Egipto como refugiados, huyendo de la violencia y encontrando refugio entre extraños. Recuerden igualmente las palabras de Jesús: “porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui extranjero y me acogisteis” (Mt 25,35). Llévense hoy estas palabras y gestos. Espero que les llenen de ánimo y consolación. Y por lo que a mí respecta, asegurándoles mis oraciones, les pido también, por favor, que no se olviden de rezar por mí.

¡Gracias!

SS. el PAPA FRANCISCO